Accesibilidad

 

 Por María Perbech.R  (Atáxica de Huesca)

 

 
 

Querido lector:

Te escribo ésta carta ―misiva o epístola, según quieras considerarla― especialmente a ti, que, en éste instante, fijas tu atención en ella. Y lo hago humildemente, sin pretender ofrecer una ‘lección magistral’ ni, mucho menos, ser dogmática (no es mi cometido), pero sí desde el profundo conocimiento personal, desde la vivencia, cotidiana en mi propio cuerpo, sometido a la disminución de la capacidad física, lo que ―tal vez― me confiera cierta autoridad; al menos, cierto convencimiento ―moral o intelectual― que me permite disertar, a través ―evidentemente― de unas gruesas pinceladas semánticas, sobre la cuestión que ahora vamos a someter a nuestra/vuestra reflexión.

Me refiero ―estimado lector― al concepto de ACCESIBILIDAD, enmarcado dentro del contexto de la discapacidad. Un concepto, éste, al que, últimamente se le da una preponderancia frecuentemente mediática pero que, no obstante, y con marcada reiteración, no prevalece en nosotros ―en nuestras mentes― con una claridad meridiana.

De tal forma que, la accesibilidad podríamos definirla, en principio, como la mayor ―o menor― facilidad con la que las personas ‘dependientes’ pueden acceder o disfrutar de algo.

Estarás pensando, a éstas alturas, que tal definición es muy genérica y ―con toda seguridad― estoy convencida de que tienes razón, por lo que, a partir de éste punto y hora, voy a intentar que tal elemento quede más perfilado con ejemplos que abarquen las diferentes modalidades de discapacidad, pues cada una de ellas requiere de unas necesidades específicas, aunque la accesibilidad lo que persigue (o debería hacerlo, como fin último) es la equiparación de todas las personas con alteraciones en la movilidad física, en los órganos de los sentidos o en la mente.

Así, cuando hablamos de accesibilidad en lo primero que se piensa, como te comentaba anteriormente, es en las personas con problemas de movilidad y en la eliminación de las barreras arquitectónicas que suponen ―muchas veces― un escollo insalvable que nos lleva, en muchos casos, a la frustración.

Por ello, no cabe la menor duda que, la supresión, la eliminación física, de estas barreras es fundamental para nuestras personas, ya que nos confiere un grado de autonomía considerable, evitando, así, la dependencia ―añadida― de otra persona. Ejemplos de ello sería la sustitución (mejor dicho, la coexistencia) de escaleras y rampas, la presencia de rebajes en las aceras para facilitar el cruce de calles, baños adaptados, aparcamientos reservados (que, por otra parte, pocas veces se respetan).

Pero, por otro lado, no debemos olvidar que, de nada sirven todas éstas medidas arquitectónicas e, incluso, legales si no conseguimos sembrar una pequeña semilla de sensibilización en la mente de los ciudadanos ‘no dependientes’ para que las respeten, pues no sería la primera ―y me temo que tampoco la última― vez que hemos visto, como te comentaba en el párrafo anterior, un coche ocupando una plaza reservada, o ―en el colmo de la desconsideración― bloqueando la acera justo por el punto en el que podríamos transitar. Si es que no te has dado cuenta ―que seguro que sí―, fíjate atentamente la próxima vez que vayas por la calle.

Otro aspecto extraordinariamente importante es la existencia de un transporte público ―bien sea autobuses urbanos o taxis― adaptado y que, ―en éste caso― afortunadamente, cada vez se prodiga más; al menos en las ciudades de cierta importancia o con un núcleo considerable de población.

No obstante, existen otro tipo de discapacidades que necesitan de otro rasgo que se deprende del concepto de lo que hemos dado en llamar medidas de accesibilidad. Este es el caso de personas con problemas de visión reducida o ausente, dónde entrarían la existencia de dispositivos sonoros en semáforos, trenes, autobuses y demás lugares públicos; y por supuesto la presencia de letreros informativos, medicamentos o cartas de restaurantes en Braille.

En el caso de las personas con problemas de audición, esas medidas consistirían en además de la megafonía, letreros luminosos en los que pudieran leer lo que se está anunciando. Debemos tener en cuenta que en caso de problemas de audición existen medios para poder subsanarlos, pero ya entraríamos en otro tema.

Por ir finalizando (aunque el tema daría para varias páginas y controversias), te comento la persistencia, en nuestra ‘avanzada’ sociedad, de otro tipo de barreras, las que podríamos denominar ‘mentales’ donde la principal dificultad de las mismas es que resultan invisibles para el común de los mortales pero, sin embargo, todos los discapacitados las sufrimos, aunque ―sin duda, en mayor medida― los discapacitados intelectuales y ―por ende― los enfermos mentales. Estas barreras no son más que una expresión manifiesta de los ‘prejuicios’ que se han sedimentado en capas, más o menos amplias, de la población hacia este tipo de personas; fundamentalmente ―quiero pensar― por ignorancia o, lo que es lo mismo, falta de información (una terrible paradoja en éste mundo tan globalizado), ya que, inevitablemente, se cae en tópicos o estereotipos: los discapacitados intelectuales dan ‘pena’ y se les considera ‘tonticos’ benévolos dignos de compasión más que de respeto. En lo que se refiere a los enfermos mentales, la idea generalizada es que hay que mantener la distancia pues, resulta que son unos ‘locos’ a los que hay que temer. Evidentemente, nada más lejos de la realidad cómo ya sabes. Tanto unos como otros son PERSONAS y, con un simple esfuerzo de acercamiento y un ejercicio de apertura de ideas, resultan tan válidos como cualquiera que se considere un individuo ‘normal’ y que aportan, al acervo cultural, experiencias especiales y, por supuesto, siempre enriquecedoras; no hay más que prestar un mínimo de atención y superar el rechazo que, en pleno siglo XXI no tiene cabida (o no debería).

Quien no ha oído a su paso expresiones como: ‘pobrecico con lo joven que es’, preguntas indiscretas y soltadas a bocajarro por un desconocido como ‘¿qué te ha pasado?’ y en el peor de los casos cuando dan por sentado que por el mero hecho de ir en silla de ruedas tienes problemas cognitivos –de inteligencia-. Sin pensar que aunque tengamos algún tipo de discapacidad podemos ser tan o más felices que ellos, disfrutar de la vida y ante todo somos PERSONAS con sus mismos derechos y también obligaciones. Como podemos ver las barreras mentales pueden hacer mucho daño.

Afortunadamente contamos con que las nuevas tecnologías comienzan a contemplar la existencia de la accesibilidad, fundamentalmente en la Web y los más modernos sistemas operativos. Allí nos topamos con páginas o software donde podemos navegar y trabajar con relativa comodidad, modificar el tamaño de letra, aumentar el contraste para facilitar la visión y toda una serie de herramientas útiles para nosotros.

Querido lector, no sé si habré conseguido aclararte algo, desde luego mi primitiva intención era lo que pretendía, para que puedas llegar a entender y asimilar ―si cabe mejor― todo el concepto de lo que hemos dado en llamar accesibilidad.
 

 

 

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