Primera inconsciencia

 

 
 

 

Este relato, fue escrito por mi hermano a partir de una idea que yo tenía para un corto. Le pedí que escribiera un relato con esa historia. Y lo hizo. Y me gustó.
Hay sueño en mi vida que se repite muchas veces, desde hace años: Sueño que soy una anciana, que me han robado los años. Creo que esta historia tiene que ver con el sueño.
Cristina Sáez

 

 

La enfermera se acercó a la pared de las cortinas sin encender la lámpara, aunque sólo unos biombos la separaban de la tímida luz del día; su rostro joven se tiñó del rojo y del verde de los aparatos que monitorizaban las constantes vitales del paciente. Le puso un termómetro en la axila y le tomó las cifras de su

presión arterial. Anotó las conclusiones y abrió las cortinas dando paso al sol

potente de las sábanas. Paseó por la habitación y se ajustó el pecho por el escote

y los hombros. Saludó a la señora de la limpieza de azul que irrumpió pasando a

su paso la indiferente mopa gris.

 

Ya pasó ese momento de revolución cegadora, ese instante de imágenes

dañinas porque estaban llenas de luz haciendo que todo fuera impreciso.

Creo que estoy de despertando de algo raro. No reconozco la luz, es muy

fuerte y no distingo lo que ahí cerca de mí, aunque lo perciba.

 

Bueno, es la primera vez que me pasa algo así, porque no sé dónde estoy,

pero tengo una extraña y certera confianza de que pronto lo sabré. No tengo

miedo. Sé que estoy tumbada y una cómoda sábana envuelve mi cuerpo desnudo

y siento un frescor y suavidad al contactar con el algodón, un beneficio como

nunca, el éxtasis más pasivo que conozco, la sensibilidad de placer, como si

fuera una pluma que cabalga en el céfiro. Mis recuerdos apenas saborean una

realidad lejana y difícil de conocer. Parecen imágenes de la vida cotidiana de

otro mundo más claro, algo inaccesible en otros momentos y no sé por qué, pero

esa intimidad del placer se adueña del tiempo, de todos los seres vivos, sólo

existe el presente. Si pudiera sentir dolor podría acercarme a aquello que me

pasa, a esa impotencia de no saber lo que se esconde detrás de cada imagen, de

cada sonido, que cada cosa que tocó. Sólo hay sensaciones.

 

Hay letras en un papel, en muchos papeles: esa es mi vida, es mi trabajo;

oigo sonidos de gente, quiero que sonrían, quiero destacar pero soy mujer y mi

deseo es un hombre que me ame y ahí está. Las mujeres intuimos cuando

alguien nos espera.

 

Veo unos ojos que brillan delante mía; sé que es maravilloso ver esos

ojos; y si tienen confianza, puedo ver el mundo a través de ellos; son unos ojos

grises que no me dejan dormir, quiero me permitan visitar otras miradas, pero es

que me siento vivir al estar allí, cerca de esos ojos y de nada más.

 

Hay mucha gente en silencio escuchando a alguien que quizá sea yo

misma. Hay papeles y letras, ruidos y frases. Es un local grande, de grandes

pasillos, de grandes paredes de madera, hay gente y gente. Las puertas grises

están llenas de asientos y mesas.

 

También veo una boca, una gran nariz. Noto el tacto del cabello, que me

acaricia; oigo su respirar: escucho su risa, pero sólo puedo percibir un mundo, su

mundo en el que sólo hay partes. Por eso debo estar aquí, sola. Quiero a alguien,

alguien noto, alguien que conozco, pero no sé quién.

 

Sé que está triste, tiene algo, algo detrás de esos ojos, se escapa. No puedo

vivir la vida de esas partes, tengo que unir las partes que estaban separadas para

saber qué tiene esa mirada, porque sí puedo saber que esos ojos esconden algo y

ese algo tiene que ver con este algodón.

 

Apostaría algo, todo, a que es él, alguien que va ir a vivir conmigo, a

compartir los momentos. Las mujeres lo sabemos, mi madre me lo dijo…

¿Mamá?

 

De ello estoy segura y es él; me dará seguridad y me salvará de esto. Sin

embargo, lo veo distante, frágil como los hombres, como una burbuja: sé que le

amo.

 

Quiero decirle que quiero estar cerca de él, y que quiero sus hijos, y que

quiero el brillo de sus ojos, y quiero hablarle pero estoy agotada, todo me agota,

incluso el más nimio pensamiento.

 

Me parece que he tenido un accidente, estoy consciente o

semiinconsciente, no sé. No quería mantener un cuartucho de lástima porque sé

luchar, soy joven. Pero ahora, esa lucha no cesará, es mi tributo.

Mis amigas me empujan a que dé el paso. A lo mejor ellas saben más que

yo.

 

¡Por fin veo una sonrisa!, sé que me entiende y no quiero fallarle.

Me parece que es de mi edad, quiero tener un proyecto con el, escucho

niños, risa, ese algo familiar.

 

Todo mi tiempo, toda mi gente, toda mi luz, toda mi energía, todas mis

hipótesis, todo se transforma en una persona. Eso es la adolescencia. ¡Maldita

sea! Entrar en la vida, ¿entrar?

 

Hoy empecé a viajar al entretiempo, a ese lugar en el que se pueden ver

los contornos de las cosas

 

Despierto, bostezo, me estiro, pero los goteros me tiran.

Veo la habitación médica, todo borroso.

 

Ya recuerdo, todo está envuelto en esa niebla que se disipa con la brisa

más ligera y que deja esa estela blanca en que despejas la vista y te concentras y

sigues concentrado en la esencia que ya ha vuelto a nacer, la esencia de las

cosas, aquello por lo que las cosas son cosas y no sólo partes. No veo las partes,

si no me concentro en verlas, por qué lo veo; ya no veo partes de su rostro sino

que veo su sonrisa, lo que lo une en ese todo. Ese algo demasiado mío y cada

vez menos incierto, ahora ya sé claramente que ese hombre es con el que quiero

compartir mi vida, ahora ya sé claramente que estoy en un hospital; ahora ya sé

claramente que él me mira desde una pecera cuadrangular.

 

Llegó otra enfermera con el pelo despeinado y con fijador y con un

piercing en un labio.

- ¡Despierte! Ahora ya está bien, sus constantes son buenas –dijo la

enfermera sonriente y pizpereta.

- ¿Dónde estaba?

- Ha estado todo el tiempo en este hospital, estamos en vigilancia

intensiva y es increíble que se haya recuperado. Hace unos 20 días tuvo un

accidente, fue atropellada por un coche, pero ha tenido suerte. No se asuste si se

ve calva. Yo misma estuve calva el verano pasado y es fresco y se liga un

montón.

 

La enfermera anotó tres cifras de los aparatos y le dijo con caricias en a

tripa y una enorme sonrisa que en breve pasaría un médico y le explicaría todo

lo que han hecho mucho mejor, con todos los detalles pertinentes que ha

despertado y no la hemos perdido.

- Estoy autorizada a permitir que vengan a verla algunos parientes.

 

Quiero ver al futuro padre de mis hijos, aunque, tal vez él ya no me

quiera, débil y con estos pelos, esta facha, no sé si estoy limpia. Estoy muy

ansiosa, temo al fracaso porque he dejar la comodidad de la inconsciencia y él es

de este mundo, no sé si prefiero seguir soñando, pero él puede vencerme con

facilidad, sólo con una mirada: Y yo me pregunto: ¿quién puede ser alguien tan

importante para mí que me hace volver a este mundo y obviar mi viaje hacia la

inconsciencia?

 

La enfermera abre escandalosa un portón y se oye la avalancha de la

gente. De pronto, aparece en la estancia un joven alto fuerte con ansiedad y

ojeras evidentes, con una elegante mujer de pelo corto rojo y corren hacia su

cama y, con prisas, el hombre delata su cansancio y le dice:

 

- ¡Mamá! Nos tenías muy preocupados, nos ha dicho el médico que ya

estás fuera de peligro. Los últimos 20 días han sido horribles, los has pasado en

coma. Luego te acercaré a la ventana para que veas a tus nietos pequeños en la

calle, que no los han dejado subir, ¿sabes? Jorge ya ha tenido su primer examen

en la universidad. Luego vendrá. ¿cómo te encuentras?

- ¡Qué tal Mamá! Bienvenida a la vida… -dijo la pelirroja de mediana

edad.

- Hola.


 

 

 

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