La espera

 

 
 

La espera es un relato de mi hermano de los años noventa. Y me gusta mucho. Espero que sigamos esperando y no desesperemos. Pero hay que saber esperar.

Cristina Sáez

 

 * * *

 

         Tocó fondo en aquello; era de lo más variopinto y daba miedo. Al despertar y abandonar esa materia gris, tuvo el mayor beneficio de los hombres: la emoción. Eso es lo mejor que puede pasarle a uno al llevar tanto tiempo esperando. Tuvo un sentir fugaz, pequeño; una emoción un poco tonta, pero que le haría recordar el momento.

 

         Estaba esperando y era un especialista en esperar; todos le aclamaban y le decían que era el que mejor esperaba. Era famoso por esperar y le hicieron varios reportajes los mejores periodistas de los mejores magacines. Sin embargo, él mismo no reconocía sus grandes aptitudes para esperar. Siempre estaba esperando como gran profesional y le quitaba toda su importancia; ya fuera en la consulta del dentista, rellenando los formularios para hacer el carnet de identidad, en el psicoanalista, comprando pescado de oferta... Incluso, se hizo judío por aquello de esperar al salvador.

 

         Pensaba que no podría tener emociones, precisamente, al saber que esperaba una emoción. El caso es que dejó de esperar cuando se emocionó, cuando llegó la emoción.

 

* * *

 

         Un buen día, que esperaba el sol, fue entrevistado en plena faena por una guapa periodista:

 

         - ¿Cómo empezó a esperar? ¿qué cosa le animó?

 

         - Mi padre fue un gran esperador -dijo cabizbajo- pero no le conocí. Murió un par de años antes de nacer yo. Una vez leí en un libro, encuadernado en rústica y con las tapas color carmesí, la máxima que al poco tiempo hice mía pues tanto me gustó: "Todo llega para el que sabe esperar". Y, entonces me dediqué a fondo a esperar.

 

         - Y... ¿Nunca ha tocado fondo? -preguntó la periodista mientras palpaba voluptuosamente su abdomen.

 

         La pregunta tocó fondo en el esperador y contestó en un ademán ansioso una respuesta falsa:

 

         - No. Simplemente espero.

 

         Al cabo de un par de horas se emocionó. Un joven vendedor de periódicos, un adolescnte de potente voz cantarina (¡Extra, extra! ¡El esperador se confiesa!) atrajo su atención; cómo varios viandantes deseaban comprar un diario del joven de la gorra gris, esperó su turno.

 

         Hojeó el periódico rápido y vio, una foto suya enorme con una frase en el pie: "¡Todo llega para el que sabe esperar!"

 

         Se emocionó y jamás volvió a esperar. No se esperaba aquello y por eso se desesperó.

 

* * * * *

 

 

 

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